Cubo de metacrilato

04/02/2020

Como este pero en rojo

Hace unos meses se cumplieron los veinte años de mi llegada a Irlanda y quise escribir algo solemne pero se me pasó la ocasión. Este mes hago los cinco años en la empresa de tecnología en la que me desempeño a diario y aprovecho para comentar lo que no deja de ser una nadería. Es un aniversario que me ha hecho ilusión por suponer un récord personal (en otras dos multinacionales duré cuatro años pero a los cinco nunca había llegado).

Mis privilegios son que he recibido un dado de metacrilato de color rojo con mi nombre grabado junto al logo de la empresa y cuya función podría ser la de pisapapeles. En una página de internet puedo elegir un regalo de entre una selección de varios entre los que se incluyen tostadoras y telescopios. También ha habido una tarta con mi nombre en el comedor.

Haciendo búsquedas de objetos de metacrilato (no es la primera vez) he observado las diferencias que se dan cuando uno pone en Google Images metacrilato y cuando lo anglifica y pone methacrylate. Esto me ha hecho suponer que la versión inglesa de la palabra no se utiliza tanto fuera del mundo de las ciencias químicas. Al parecer, a lo que yo llamo metacrilato (aunque en realidad se llame polimetilmetacrilato o polimetacrilato de metilo) se lo suele conocer en inglés por los nombres de acrylic, plexiglass o los de diversas marcas comerciales. Este es el tipo de cosa de la que uno se entera después de dos décadas y lo mismo podrían pasar cinco y no enterarse uno.

Y nada, que no sé si en un mundo tan cambiante vamos a aguantar cinco años más en el mismo lugar. Estos cinco han estado bien. No nos podemos quejar. Que los siguientes nos salgan parecidos y, si puede ser, mejor.


Resumen de 2018

01/01/2019
Aquí y pocas veces allí

Aquí y a veces allí

Un año más aquí estamos, tratando de resumir los doce meses anteriores. No ha habido demasiados cambios. Tanto en lo personal como en lo que afecta al rumbo de mis países diría que 2018 ha sido un año de tránsito hacia no se sabe exactamente qué. Suena a que estoy muy perdido y seguramente así sea. No es que estemos en el paraíso pero percibo la sensación de una calma que precede a la tempestad. En general teme uno los cambios porque ve que hay más margen para el empeoramiento que para la mejora. Quisiera que 2019 no fuera peor y me conformaría con mejorarlo con nada especial, con apenas un poco más de felicidad cotidiana. El peligro está en el bréxit. Espero no tener cambiar de trabajo hasta 2020, que es cuando se supone que venderán nuestra empresa o la sacarán a la bolsa, que algo tienen que hacer con ella.

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En cuanto a los viajes, al igual que el año anterior: una semana en invierno en Canarias, esta vez a Gran Canaria, en invierno y otra a la España peninsular a finales de octubre para ver a la familia. El resto de los días de vacaciones se los comen las visitas de la familia, que esperemos que siga viniendo a vernos ya que es una alegría muy grande y nos saca mucho de la monotonía.

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Este fui yo

El blogueo como siempre concentrado en la primera mitad del año y abandonado en la segunda. En parte porque la pantalla de mi portátil del trabajo no va muy bien y lo suelo dejar en la oficina, donde tengo un monitor externo. Este año ha sido el año en el que pasé a interesarme mucho por los podcasts y en especial por la historia militar. No hice demasiado con la guitarra: una aproximación a Koyunbaba de Carlo Domeniconi que en el mejor de los casos tardará años en fructificar y sí estoy relativamente contento de lo rápido que fui capaz de montar la BWV 999 de Bach y una piececita brasileña Se ela perguntar de Dilermando Reis a la que creo que nunca me habría aproximado de no ser por la interpretación de David Tutmark.

Guitarra parecida

Guitarra parecida

Definitivamente las bonitas estadísticas de WordPress (2015, 2014, 2013, 2012, 2011) no han de volver. En 2018 hemos tenido 67.320 visitas (que son menos aún que las 76.901 de 2017 y las 89.844 de 2016).

Aquí voy a poner una selección de entradas variadas con lo que más me ha gustado de lo que he escrito en 2018:

12 entradas para leer:

  1. Enero: Todo sobre Tuvalu
  2. Febrero: Por qué empezaba el año fiscal irlandés el 6 de abril
  3. Marzo: Tolerancia y postureo
  4. Abril: Vuelvepiedras común
  5. Mayo: Lo de Pablo Casado
  6. Junio: Wicklow capital
  7. Julio: El año islámico no se calcula restando
  8. Agosto: Breve guía de la civilización clásica
  9. Septiembre: Oficina vieja
  10. Octubre: Jonathan Swift
  11. Noviembre: España, república de trabajadores
  12. Diciembre: Supremacismo banal

Resúmenes de años anteriores:

Creo que si todo va bien esta etapa de la vida se prolongará unos siete años más. En estas circunstancias el único reto bloguero es seguir haciendo al menos una entrada al mes, aunque sea mala. Ya vendrán tiempos mejores o al menos más ociosos. !Feliz 2019 a todos!


Oficina vieja

30/09/2018

A finales del mes pasado nos cambiamos a una oficina nueva, cosa que no fue gran mudanza ya que queda a tres minutos de la anterior. Tres minutos más cerca de la parada del bus y aún me pregunto qué podré hacer con los seis minutos diarios, dos horas al mes que me voy estoy ahorrando.

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El día que fuimos a ver cómo iba a ser la oficina nueva estuve haciendo fotos con la intención de ponerlas aquí. Luego me di cuenta de que no había puesto estas de la oficina anterior. Gracias a la fecha de las fotos me he dado cuenta de que la primera semana de septiembre hubiéramos cumplido aquí tres años.

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El edificio no estaba en condiciones óptimas. Con decir que con anterioridad había sido el granero de una fábrica de güisqui y lo que le comentamos a un jefe del otro lado del charco: “Es más antiguo que los Estados Unidos” queda todo dicho.

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Aparte de eso no es que nada en especial provoque mi ausencia en este foro. Se me rompió la pantalla del portátil del trabajo, que es lo que solía usar para escribir aquí y no me lo estoy trayendo a casa por las tardes (en la oficina funciona bien con un monitor grande al que lo tengo enchufado). Eso unido a mi nulidad para hacer este tipo de cosa desde una pantalla táctil lo es casi todo.

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El trabajo, los desplazamientos y la familia parecen abarcarlo todo. He encontrado en la audición de podcasts un pequeńo espacio de libertad. Me quedan dos semanas de vacaciones antes de acabar el año. Hasta que me den un ordenador nuevo continuaremos con una mínima presencia virtual.

La primera vez que entré al baño no estaba muy seguro


Récord indigno

15/04/2018

Todo tipo de sentimientos, en este caso pereza

Este fin de semana he hecho algo en lo que se tarda dos minutos pero que me ha costado trece años hacer. Hay una pieza que me descubieron en la primavera de 2005 y que siempre he querido tocar, pero que requiere una afinación inusual de cinco de las cuerdas. Siempre me había dado mucha pereza ponerme con ella porque tampoco quería destemplar el instrumento y porque me daba mucha pereza leer sin saber dónde está nada. Para este último problema lo inteligente es encontrar la tablatura, para el anterior renunciar a tocar cualquier otra cosa durante un tiempo. La primera de las cuatro partes no ha sido tan difícil como creía pero las tres restantes van a ser bastante más duras. Pero a lo que voy: trece años.


Chopin contra la lluvia

06/04/2018

Para ir jaqueando a la vida es necesario un repertorio inagotable de recursos. Desde hace años los nocturnos de Chopin nos defienden de los autobuses en días de lluvia. Las notas se esconden en el bolsillo y suben por cables hasta los alrededores del gorro de lana para que el trasiego de la humanidad entera transcurra a cámara lenta y el traslado a la oficina se convierta en una secuencia de metraje de ensueño. El ruido se disuelve hasta parecer silencio y el tráfico denso se difumina para ser mero escenario. Así la prisa es toda ajena, del estado de sueño puede pasarse ocasionalmente al de inspiración y un empleado gris consigue atravesar el espacio semiurbano mientras nada es del todo real. O como mucho unos cuantos bemoles son dolores de emigrado en París si Polonia, en modo menor, ya ha caído.


BWV 999

12/03/2018

Julian Bream es un guitarrista que nunca ha sido santo de mi devoción. Creo que se me atragantó por alguna interpretación dudosa de Villa-Lobos. En cambio hay un fragmento de metraje no sé si neorrealista o surrealista en el que creo que clava el preludio en Do menor (para los guitarristas en Re menor) que lleva el número 999 en el catálogo de las obras de Bach. Comprendo bien que no se filme para los guitarristas sino para el gran público pero reconozco que con todo me irritan las tomas que esconden la digitación. Sin embargo en esta grabación del restaurante los personajes secundarios compensan con mucho la pérdida.

Me imprimí la partitura en la oficina (mi agradecimiento eterno al señor Delcamp y otros que llevan a cabo esta labor de editar y subir los papeles a la red) y llevo un par de semanas dedicado a este asunto en concreto en las pocas horas libres que le saco al día. Me sorprendió leer en los comentarios al vídeo de Youtube que hace falta medio año para preparar esta obra y que es de séptimo grado (entiendo que en una escala de ocho). Creo que en Inglaterra los niveles son algo más bajos o eso al menos me pareció una vez que consulté el programa de estudios de un conservatorio.

También habría que considerar cómo de limpia creemos que debe salir. En dos semanas me parece he llegado a mi tope. No hay interpretación perfecta (de las mías se entiende, que la de Bream puede considerarse que lo es) y cada vez aparece un pequeño fallo u otro pero hemos llegado ya a un punto en el que  aunque tocara la pieza a diario durante dos años no hay garantías de que al final de los mismos quedara una interpretación más digna de la que nos suele salir hoy por hoy.

Este tema de la línea de base y de qué es necesario para saltar un nivel lo he considerado a menudo en mi actividad profesional, intelectual y aficiones. A veces es necesario un cambio de paradigma y otras veces puede conseguirse por acumulación: se me quedó marcada una frase de un amigo “cuando te sabes todas las palabras del diccionario básico, tu nivel ya es avanzado”.


Cerveza sin alcohol a deshoras

10/01/2018

Our beer kills fascists

Últimamente me he aficionado a la cerveza sin alcohol. Hace años, cuando dejé de beber cerveza de verdad (es un decir, porque he hecho más excepciones que la ortografía inglesa), ni se me ocurrió. Ahora me parece una cosa maravillosa que ayuda a la digestión y no deja resaca. A mi viejo le debo este hallazgo. El caso es que hoy tenía que trabajar desde casa y al volver de la escuela esta mañana me he pasado por el supermercado para coger leche y pan y se me ha ocurrido llevarme una caja de cervezas.

Ha venido un empleado desde la otra punta a indicarme que no se puede comprar alcohol a las nueve de la mañana. Yo le he dicho que era cerveza sin alcohol, a lo que me ha respondido que da igual, que por el tipo de código que tiene no podría pasar por la caja. No es menos lógico que el hecho de que la cerveza sin alcohol se exponga en la sección de bebidas alcohólicas en vez de en la de refrescos. En fin.

Los horarios de venta de alcohol en Irlanda siempre me habían parecido una cosa absurda. En otros países no tendrían sentido y aquí son una especie de residuo histórico de la respuesta religiosa a un problema social. Intentando buscarle algún sentido religión aparte, uno llega a la idea de que quizá los individuos realmente perjudicados por el alcohol no tengan el tipo de personalidad organizativo que les permita aprovisionarse con anterioridad. Lo interesante es que el alcoholismo puede haber remitido por otras causas y una medida disfuncional habría ganado apariencia de efectividad. Creo que esto pasa a menudo en políticas públicas.

El caso es que en la práctica y por culpa del programa informático, los horarios de venta de la cerveza sin alcohol son los mismos que los de las bebidas alcohólicas.