Un viaje por la historia de Ucrania

28/07/2018

Portada

Ese episodio del otro día con tropas griegas patrullando por Odesa durante la guerra civil rusa me ha recordado que tenía por leer un libro que compré diría que hace tres años, después de haber leído otro de la misma autora sobre el cerco de Leningrado. Se llama Borderland: A Journey through the History of Ukraine y como ya dije una vez borderland bien podría traducirse como extremadura. Lamentablemente el volumen no está en español ni he sido capaz de encontrar manuales de historia ucraniana que me hayan parecido solventes en nuestro idioma, así que me he puesto a leer en inglés con la intención de aprender y rememorar cosas de aquel viaje de 2010.

Eso sí, la primera versión del libro es de 1997 y la que tengo, de 2015 no es una edición revisada sino que a los diez capítulos originales (que yerran en varios de sus augurios) les han metido cuatro de propina para actualizar. A diferencia de otros países para los que una historia que llegara hasta finales del siglo XX reflejaría lo esencial, en el caso de Ucrania no es así y si no se cuenta lo que ha pasado desde la llegada de Putin al poder en Rusia y especialmente a partir de 2014, parece que no se entera uno de nada.

El libro de 1997 en vez de hacer un recorrido en orden cronológico presentaba una a una diversas partes del país para ilustrar procesos históricos de mayor calado. A mí me parece que peca un poco de la “enfermedad de la unidad de destino en lo universal”, enfatizando los elementos que invitan a pensar en una etnogénesis ucraniana más sólida, separada y  distintiva con respecto a la formación de Rusia de la que a mí (en mi ignorancia) me parece intuir que pudo darse.

Aquí me he enterado de que Joseph Conrad, del que sí sabía que era polaco, nació en un lugar que hoy es parte de Ucrania, lo que parece no importar demasiado a los actuales habitantes ucranianos del pueblucho, como suele suceder. Como los grandes villanos de la historia de la zona son alemanes y rusos la tensión entre polacos y ucranianos se suele dejar pasar aunque no sea poca cosa.

A pesar de su antagonismo circunstancias históricas parejas empujaron a Polonia y Ucrania hacia estrategias de supervivencia parejas. Para los polacos del siglo XIX y para los ucranianos hasta 1991 la idea de nacionalidad tomó un significado religioso, casi metafísico. Del mismo modo que los ucranianos de la diáspora se consideran a sí mismos parte de Ucrania a pesar de haber nacido y crecido en Canadá o Australia los exiliados polacos del siglo XIX no se consideraban menos parte de Polonia por haber pasado sus vidas en París o Moscú. Sus países existían en una especie de hiperespacio mental independiente de banalidades tales como gobiernos o fronteras. “Polonia no se ha perdido aún” era el título de una marcha napoleónica, “Ucrania no ha muerto aún” el poco inspirador primer verso del actual himno ucraniano.

Hablando de la cuenca del Donetsk se dice que esta ciudad se llamó antes Yuzovka en honor al industrial minero galés John Hughes y que la palabra minero en ruso –shajtior– tiene un tono mítico (su equivalente ucraniano es shajtar, tal y como se llama el equipo de fútbol local). Veamos lo que decía la autora en 1997 de esta zona del país ahora convertida en la poco reconocida República Popular del Donetsk:

Para conservar su independencia Ucrania debe mantener contento al este rusófono que, densamente poblado y muy industrializado, tiene mucho que decir en el país. En las primeras elecciones tras la independencia fueron los votos orientales los que entregaron la victoria a Leonid Kravchuk, antiguo jefe del Partido ante Vyacheslav Chornovil, antiguo disidente y dirigente del movimiento independentista. En 1994 fueron los votos orientales los que echaron a Kravchuk, que para entonces era el niño bonito de los nacionalistas, favoreciendo a Leonid Kuchma, exdirector de una fabrica de misiles en la ciudad rusófona de Dnipropetrovsk. Curiosamente, el año anterior Kuchma había tenido que dimitir como primer ministro cuando miles de mineros del Donbass llegaron a Kiev pidiendo aumentos de sueldo. La peor pesadilla de los políticos ucranianos es el separatismo del Donbass, el temor de que un día Ucrania oriental quiera la autonomía o apueste por volver a unirse a Rusia.

Hablando de la batalla de Poltava (1709) se nos dice que en los noventa “descendientes de los soldados allí abandonados pueden verse ante la embajada sueca en Kiev para solicitar la ciudadanía de un país que sus antepasados dejaron tres siglos antes”. No me parece que pueda haber tantos descendientes de suecos como para que ni en los peores momentos hubiera una cola más o menos permanente pero sí que recuerdo que antes de ir a Ucrania me sorprendió saber del pueblo de Gammalsvenskby donde algo de la cultura sueca ha sobrevivido durante muchas décadas casi en el mar Negro.

Como lo de cambiar nombres de calles es un tema muy hispánico, un fragmento sobre cómo se produjo en Odesa tras el fin del comunismo:

Más deprisa que ningún otro lugar Odesa se está desprendiendo de su monocromático barniz soviético para revelar la antigua identidad multiétnica que subyace. La calle de Carlos Marx ha vuelto a ser Yekaterniskaya; la de Lenin, Richelyevskaya; la de Karl Libknecht, Griecheskaya (griega). Babelya, que llevaba el nombre del gran novelista odesita Isaac Babel se ha convertido en Yevrevskaya (calle hebrea). Del mismo modo que fueron extranjeros quienes construyeron la ciudad son extranjeros los que le están volviendo a dar vida. Una empresa suiza ha reformado el antiguo y grandioso Hotel Londonskaya, que es ahora una de las guaridas preferidas de negociantes confabuladores. Unos chipriotas han abierto un casino en el edificio de la antigua bolsa de valores donde ahora trabajan croupiers de Liverpool y son italianos los que han renovado el puerto desde el que pequeños comerciantes y prostitutas recorren de nuevo las antiguas rutas que van a Haifa, Alejandría o Estambul.

Odesa es una ciudad sobre la que me gustaría saber más cosas. La autora dice que fue fundada por un mercenario hiberno-español (o hispano-irlandés que tanto monta). No puede ser otro que José de Ribas, pero no le he encontrado la conexión irlandesa y el apellido Boyons no me parece prometedor. Tampoco encontré nada sobre las tropas griegas (en apenas dos líneas dedicadas al episodio sólo se habla de los franceses). Eso sí, por fin me ha quedado claro que el Duque de Richelieu cuya estatua está al final de la mítica escalera era sobrino nieto del famoso cardenal. Me hace falta un buen libro con la historia de Odesa.

La perspectiva rusa de las cosas está basada en la escasa entidad o importancia de la identidad y la lengua ucranianas:

La rusificación no se dio sólo en Ucrania. La sufrieron todas las naciones del imperio tanto bajo el zariano como bajo el comunismo. Sin embargo, la rusificación se dio con mayor determinación y éxito en Ucrania que en ningún otro lugar. En primer lugar Ucrania se unió al imperio más temprano: Las tierras ucranianas al este del Dniéper fueron a Rusia en 1686, Estonia y Letonia fueron conquistada veinte años después, el Cáucaso y Finlandia no lo fueron hasta finales del siglo XIX. Ucrania fue para Rusia lo que Irlanda y Escocia fueron para Inglaterra – no una posesión imperial como Canadá y la India, sino parte del centro irreductible. De ahí que el comentario (probablemente apócrifo) de Lenin de que “perder Ucrania sería perder nuestra cabeza” y el sueño de nacionalistas románticos como Solzhenitsyn de que Rusia, Ucrania y Bielorrusia un día volverán a unirse.

En segundo lugar, los rusos consideraban y aún consideran a los ucranianos como una subespecie de rusos antes que nada. Cualquier diferencia que existiera entre ellos seria la obra artificial de los pérfidos papistas polacos, que en la imaginación rusa actual han sido sustituidos por la intromisión de Occidente en general. En lugar de atacar a los ucranianos y a la identidad ucraniana como algo inferior lo que los rusos hacen es negar su existencia. Los ucranianos son una “nación no histórica”, el idioma ucraniano un dialecto de broma, Ucrania misma una Atlántida -una ensoñación legendaria de ciertos intelectuales ucranianos” en palabras de un parlamentario de Donetsk. La proximidad de las culturas rusa y ucraniana, la sutiliza de las diferencias entre ellas es algo irritante. La razón por la que los lituanos y los kazajo rechazan considerarse rusos es perfectamente obvia pero que los ucranianos quieran hacer lo mismo es simplemente indignante.

El Edicto de Ems:

En 1876 la rusificación alcanzó su culmen mediante el Edicto de Ems. Mientras tomaba las aguas en esa ciudad balnearia alemana Alejandro II firmó un decreto que prohibía la importación y publicación de libros y periódicos en ucraniano así como  todo tipo de conciertos, conferencias y espectáculos en ucraniano, toda la educación en ucraniano incluida la preescolar. Los libros en ucraniano serían eliminados de las bibliotecas escolares y los maestros ucraniófilos transferidos a la Gran Rusia. Durante las epidemias de cólera incluso los avisos sanitarios se pondrían sólo en ruso.

Entre las cosas leopolitanas y en general de la otrora multiétnica Galizia oriental me sorprende esta anécdota que si ya sería rara en los noventa del s XX hoy en día debe de ser imposible:

De todos los gobernantes de Lviv son los austriacos los únicos por los que los ucranianos retienen algún tipo de afecto. Todavía puede encontrar uno ancianos que silban la marcha “Ich hat’ einen Kameraden” (Yo tenía un camarada) y babushkas que cuando se les pregunta la hora responden “¿la vieja o la nueva?” ya que sus relojes están aún puestos a la hora oficial en tiempos del benigno y patilludo emperador Francisco José.

Aquí gracias a un fragmento de la Baedecker me he enterado de que la colina de las ruinas del gran castillo leopolitano por donde subimos años ha (Vysoky Zamod) se llamó en sus tiempos Franz-Josef-Berg. Veamos un chiste austrohúngaro de finales del siglo XIX:

Un policía para a un socialista polaco que va a cruzar la frontera de Galitzia. Cuando le pregunta a qué se refiere cuando habla de “socialismo” el polaco responde “es la lucha de los trabajadores contra el capital” a lo que el policía replica “En ese caso puede usted entrar en Galitzia ya que aquí no tenemos ni de lo uno ni de lo otro”.

Era la región más pobre del imperio austrohúngaro, lo cual supuso muchas cosas:

Para muchos la ruta de escape fue la emigración. En los veinticinco años anteriores a la Primera Guerra Mundial más de dos millones de campesinos tanto ucranianos como polacos abandonaron Galitzia. De ellos unos 400.000, que suponían el 5% de la población de la provincia lo hicieron en 1913. Unos fueron a las nuevas fábricas de la Silesia polaca y otros a Francia o Alemania pero la mayoría embarcó hacia Canadá o los Estados Unidos fundando la diáspora ucraniana en Norteamérica que a día de hoy está conformada por unos dos millones de personas.

Identidad nacional a la carta, que también es una cosa muy española:

Para los habitantes de Ucrania con estudios la identidad nacional era una cuestión de gusto personal. En muchas familias hubo individuos que se convirtieron en prominentes ucranianos mientras que otros seguían considerándose a sí mismos rusos o polacos.

La primera gramática ucraniana apareció en 1818 (su compilador creía que estaba registrando un dialecto en extinción) y el primer diccionario breve en 1823:

El ucraniano está aún en estado de flujo. El vocabulario técnico está subdesarrollado y necesita tomar préstamos a mansalva del alemán y del inglés (de cualquiera menos del ruso). También hay variaciones entre el ucraniano influenciado por el ruso de las provincias centrales y el influenciado por el polaco de Galitzia, que fue anatemizado por los soviéticos como nada ucraniano sino una forma bastarda de polaco. Un amigo ucraniano que creció cerca de Lviv recuerda que en la escuela le decían que “el idioma que hablamos es impropio, muy malo, incorrecto, un tipo de dialecto…. y que en algún lugar existe el ucraniano correcto pero que es diferente, no el que hablamos, claro.”

A continuación dejo apenas tres datos sobre tres momentos históricos pero cuya la magnitud se debe tener en cuenta por los millones de de seres humanos a las que afectaron:

La Gran Guerra:

En el momento en que se declaró la guerra en julio de 1914 los ucranianos se encontraron divididos en dos ejércitos opuestos: tres millones y medio de soldados en el ruso y un cuarto de millón en el ucraniano.

La hambruna de 1932-33

Con más muertos que todos los de la Primera Guerra Mundial en todos los bandos juntos la hambruna de 1932-33 fue y aún es una de las atrocidades de la historia humana de la que menos se ha informado, un hecho que contribuye poderosamente al persistente sentido de victimización ucraniano.

La Segunda Guerra Mundial:

En los meses finales de la guerra miles de prisioneros fueron empujados hacia el oeste en marchas de la muerte similares a las de los campos de concentración. En total, de los 5,2 millones de soldados soviéticos hechos prisioneros por Alemania durante la guerra dos millones están registrados como muertos en campos y otro millón trescientos mil cae en la categoría de “huidas, exterminaciones, no contabilizados, muertes y desapariciones en tránsito. Tomando la cifra más conservadora de dos millones de muertes los campos de prisioneros del Frente Oriental causaron un tercio de las muertes de las que causó el Holocausto.

Tras mucho hablar sobre Chernóbil y el fin del comunismo el libro de 1997 se cierra con una serie de conjeturas sobre el futuro de las cuales la que más me divierte es esta, de un analista de Reagan:

“Hay una historia de Turgenev” dice “un hombre está tumbado al sol en la hierba. Una campesina llega y le trae pan y leche. Piensa para sus adentros – “¿Para qué necesitamos Constantinopla?” Rusia está así ahora con respecto a lugares como Crimea.

Dejo los cuatro capítulos agregados y que cubren (1997-2015) para comentarlos tras una relectura. Muchas cosas han cambiado en el mundo desde el 97, seguramente en Ucrania más que en ningún país de Europa occidental. Entre las pequeñas pude ver en Leópolis hecha realidad la estatua de von Masoch que se había propuesto y Kirovogrado se llama Kropyvnytskyi. Entre las grandes las hay que van muy despacio, y otras que llaman más la atención como todo aquello de la revolución anaranjada, pero sobre todo la guerra que se inició en 2014 y la pérdida de Crimea. Ahora se ha dejado de poner el foco en aquella parte del mundo pero aún hay mucho por escribir.

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Voces de Chernóbil – Svetlana Alexiévich

09/05/2016
La noria de Pripiat

La noria de Pripiat

Por afán de plenitud le eché un vistazo a las “Voces de Chernóbil”. A Svetlana Alexiévich se la puede leer muy deprisa, como la prensa. El universo del libro está en la zona de exclusión, aunque algo he aprendido de la guerra civil de Tayikistán. Leer Belarús en vez de Bielorrusia me produce urticaria.

Creo que he conseguido bloquear todo sentimiento humano de modo que lo más destacado del libro me ha acabado resultando la idea de que el ser humano no está hecho para entender la radiación ni para luchar contra ella y en consecuencia la ausencia de libros, películas y reflexiones sobre la catástrofe de Chernóbil. Yo nunca he pensado demasiado en este accidente nuclear que sigue costando vidas año tras año y me parece que la razón es la misma: no entenderlo. Estamos hechos para unirnos en tribus y para las guerras, o para escapar de un incendio, pero nadie entiende del todo una amenaza que se presenta de modo invisible y en apariencia errático. La ignorancia, que además es en gran parte voluntaria (mejor no saber), plantea problemas que reducen el espacio de lo narrable.

Otra consecuencia de la ignorancia que sufro en mi mismo es que mis opiniones sobre la energía nuclear varían de año en año. Puede que no sea todo desconocimiento y haya algo de la dificultad que supone calcular riesgos improbables. A veces me levanto con un pie y entonces me parece que la energía atómica es la más segura, económica y eficiente, la que menos altera el ambiente y menos basura emite a la atmósfera. Otras veces es con el pie contrario (Especialmente en 1986 ó en 2011 y en los años de sus alrededores) y me parece que es una lacra con la que hay que acabar como sea. Al final, si uno puede permitirse pagar una electricidad más cara (que no todo el mundo podrá, esa es otra) para qué arriesgar.

Hace unos años, cuando estuve en Kiev, me enteré de que existía la posibilidad de ir a la central. Creo recordar que costaba unos cien euros (que aunque sea asequible para los precios que tenían las cosas en Ucrania era carísimo). Nunca llegué a entender qué gracia podía tener acercarse al reactor con un contador géiger apuntando con el dosímetro a cosas para ver qué número daban. Estamos anormales. Uno también tiene lo suyo, pero hasta ahí no llego.

Lo de si los liquidadores eran carne de cañón, héroes, locos o personajes trágicos lo dejo para la subsiguiente reflexión sobre el patriotismo soviético.


Máquina de escribir

01/12/2015
Máquina

Máquina

Hay un poema de Miguel Hernández que hace muchos años que me gusta mucho. No es uno de los más conocidos. Lo lanza la visita que hace a una fábrica de tractores en la URSS en septiembre de 1937. No sé por qué no se me ocurrió la conexión en una ocasión que me ocupé de los tractores ucranianos. Ese poema y otro escrito durante el mismo viaje que se llama “Rusia” me parecen muy buenos. Me da igual la invocación y loa al compañero Stalin: es pura fascinación sovietista que arrastro.

En todas las ediciones que he visto siempre dice que la ciudad es Jarko, pero entiendo que tiene que ser Járkov, que es una de las ciudades más grandes de Ucrania. Un día se me ocurrió que las fábricas de tractores no son como las panaderías y que seguramente se podría saber cuál es la factoría que le llevaron a ver. Debe de ser la llamada Malyshev, que anteriormente tuvo otros nombres (“Fábrica de locomotoras de Jarkov”, “Komintern”) pero que en 1937 se llamaba “Fábrica nº 183”. Además de su dedicación ferroviaria primigenia, incorporó los tractores Kommunar en 1923 y justo antes de la Segunda Guerra Mundial había empezado a fabricar el famoso tanque T-34.

Es curioso pensar en lo difícil que habría sido conseguir esta información hace unos veinte años (antes del boom de Internet) y no digamos hace treinta (antes del crash de la Unión Soviética). Incluso hace diez (ya con Internet, pero antes de la etapa de expansión brutal de la información) habría sido complicado. Al menos habría hecho falta suertecilla, Siempre podía uno haberse encontrardo con una enciclopedia creada por un trainspotter friqui del todo en Geocities.

El sábado pasado, en una tienda del mercadillo de Navidad (a nadie sorprende ya que sea en noviembre) tenían una máquina de escribir antigua de la marca Royal. Sé lo mismo de máquinas de escribir que de tractores, al parecer ha sido una casa conocida. Estos trastos son cosas que a uno le gustan y mi principal desincentivo para adquirirlos no es tanto su precio como la falta de espacio en mi humilde morada. En general no aspiro a acumular objetos y seguramente la fotografía de la máquina me hace tan feliz como la máquina en sí. A lo mejor esto me convierte en una persona espiritual.

He calculado que sería de los años treinta y no es nada difícil encontrar un listado de modelos. He errado por dos décadas ya que parece que se trata del modelo 10, de 1914. He encontrado varias en subasta o en oferta. Me parece que por menos de 200 dólares podría conseguirse una.


Duda eslávica

24/02/2015

Me he percatado de que los medios de comunicación en lengua inglesa en los que suelo informarme transliteran los topónimos de la zona bélica de Ucrania de acuerdo con la pronunciación del ucraniano, mientras que los de lengua española lo hacen siguiendo la pronunciación del ruso.

Hablo de la zona de guerra en el este de Ucrania. Por ejemplo, El País y RTVE escriben Lugansk, mientras que la BBC escribe Luhansk. Eso ocurre con la misma letra Г del alfabeto cirílico, que se traslitera de modo diferente para la pronunciación de cada una de esas dos lenguas que a pesar de los nacionalismos son filológicamente hermanas. He observado el mismo fenómeno con los nombres de otros lugares (Slaviansk-Sloviansk; Gorlovka-Horlivka; Mariupol-Mariupil) con las tres letras bailarinas en las que me fijé en su día (a-o; g-h; o-i).

A mí me parece que la BBC, que no da puntada sin hilo, está planteando una opinión política con el detalle, mientras que en España mucho menos interesados en lo que se cuece por aquellos lares probablemente se está siguiendo el criterio de la lengua de cultura más importante o algún tipo de inercia, de uso libro de estilo o atlas antiguo, o acaso se produce en el mundo hispano una ausencia de eslavistas especializados más allá de los conocedores de la lengua eslava por antonomasia.

Puede que me equivoque en mi juicio de intenciones, pero no es tan fácil demostrarlo.


Espacio aéreo ucraniano

22/07/2014
En el avión

Sur de Ucrania desde el avión

Motivado por la desgraciada actualidad subo esta foto que hice en el avión de la extinta BMI atravesando el espacio aéreo ucraniano en agosto de 2011. Creo que la razón por la que la tiré era que en ese momento pasábamos cerca de Crimea, que se veía bien en el mapa. Me había quedado con la lástima de no habernos acercado a la península el año anterior, pena que después de la incorporación a Rusia se intensificó ya que me parece que en los próximos años va a quedar fuera de la lista de destinos practicables o al menos de los fáciles para los viajeros.

No recuerdo la trayectoria del avión, pero es imposible que siguiera hacia las zonas hoy por hoy complicadas de Donetsk y Lugansk. De hecho, creo que a partir de ese punto por encima de Crimea en el mapa, tuvo que producirse un cierto desvío del rumbo más hacia el sur para poder llegar a Tiflis evitando el Cáucaso.

Es curiosa la velocidad con la que evolucionan los acontecimientos. Han pasado ya unos meses de la anexión de Crimea en marzo. Muchos de mis compatriotas tienen el fútbol por medida de todas las cosas y es curioso pensar que la selección española de fútbol jugó partidos en Donetsk contra Francia y Portugal  en junio de 2012 y que más reciéntemente la Real Sociedad de San Sebastián ha hecho lo propio contra el equipo de la localidad en noviembre de 2013. Teniendo en cuenta el estado político-militar de la zona hoy por hoy, son ocho meses que parecen ocho décadas.


Centro de convenciones

15/03/2014

Por las tardes me suelo bajar del autobús en la parada que hay enfrente del centro de convenciones de Dublín. Se llama así –convention centre- que me parece una fórmula más humilde que esa que se usa en España de “palacio de congresos”. Es un edificio con forma de lata de refresco inclinada del que ya hablaremos en alguna otra ocasión. A diferencia de algunos de los palacios y aeropuertos españoles, casi siempre hay alguna movida en él. Por ejemplo a principios de este mes de marzo fue el congreso del Partido Popular Europeo y vinieron Merkel y Rajoy a escuchar al primer ministro de aquí y al cantante de U2. Curiosamente, las estrellas del tinglado fueron los ucranianos Klitschko y Timoshenko, recien salida ésta del trullo.

bjb

Manifestación por Ucrania en Dublín

Hubo diversas manifestaciones de protesta y una muy curiosa en apoyo de lo que estaba sucediendo en Kiev. La policía echó a todo el mundo al otro lado del río y durante un par de días la ruta de mi autobús dejó de pasar por la vera del río. Al final no estuvo tan mal, ya que nos pusieron carteles de que podían pedirnos el pasaporte para entrar y salir del barrio, que no llegó a ocurrir.

Curioso vehículo rosado

Curioso vehículo rosado

Unos días más tarde y gracias a un curioso vehículo rosado, me he llegado a enterar de que el Giro de Italia, esa vuelta ciclista que uno cree que ocurre en Italia, va a comenzar este año en Bélfast y va a pasar por Dublín. El triciclo con capota es algo más o menos habitual en esta ciudad, lo suelen llevar estudiantes a modo de taxi para sacar dinero para sus viajes de fin de estudios. Hay algunos otros que funcionan por tracción animal, con perdón a los estudiantes.

Limusina

Limusina

El centro de convenciones es un buen lugar para hacer propaganda. Siempre hay gente recién llegada que no sabe qué hacer en sus alrededores y la típica cola de taxis. Algunas veces aparecen limusinas y hay una de color rosa chillón que es bastante llamativa. La vista que el edificio tiene al frente es el puente Samuel Beckett del famoso (no siempre por buena causa) arquitecto Calatrava. Hace unos meses unos tipos robaron un coche y se mataron al estrellarlo contra el mamotreto metálico que aparece en la mediana de la fotografía. Hubo un altar improvisado de velas y flores que duró semanas en el que lo que más me sorprendió fue una fotografía grande del Papa argentino.


Mesofactos postsoviéticos

17/02/2014
El gráfico

El gráfico

Estaba leyendo un paper sobre el desarrollo de la economía en Uzbekistán, que es un país que me interesa porque unos amigos míos estuvieron por allí de vacaciones y tal. Entre algún otro dato sobre el país de los uzbecos, como el muy relevante de que junto con Liechtenstein es el único país del mundo rodeado por países que no tienen salida al mar, me he enterado un poco de cómo están las cosas y por qué están como están.

Más relevante me ha parecido un gráfico que muestra el crecimiento del PIB en los países postsoviéticos desde 1989. El dato del 89 es el índice 100 y a algunos países como Turkmenistán, Uzbekistán, Azerbaiyán y Bielorrusia parece irles muy bien. Luego hay un agragado al que llaman “Europa Central” (que es la que nosotros consideramos oriental) que está alrededor del 160, o sea que también muy bien. Parece que 25 años después de la caida del muro Rusia ha recuperado el tamaño de su economía y está en un grupo intermedio con otros países que parecían ir mejor y luego se estrellaron, como los bálticos.

En cambio, hay tres países, distintos los tres, que van de pena en comparación con la riqueza que tenían hace un cuarto de siglo: Georgia, Ucrania y Moldavia. Me parece que este es un mesofacto muy relevante.