Episodios Nacionales: Un voluntario realista

25/12/2019

“…y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.”

Seguimos con la segunda serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La octava novela de esta serie es Un voluntario realista, que se basa en el preludio de las guerras carlistas que se produjo sobre todo en Cataluña en 1827 y que se conoce, aunque bastante poco, como Guerra de los Agraviados. Así pues el escenario de la novela es Solsona en la Cataluña interior y tradicional, espacio hoy postcarlista y postconvergente que sigue dejándose ver en los mapas electorales, por oposición a Barcelona que ya entonces era un espacio más liberal, como nos indica un personaje:

-No -dijo hundiendo en el pecho la barba después de mirar al cielo-. Es preciso ir a Zaragoza. ¿Qué me detiene? ¿el peligro? ¿Tendré yo menos valor que el pobre Valdés, héroe y mártir en Tarifa; que los hermanos Bazán sacrificados en Alicante? ¿Y por qué he de ser tan desgraciado como ellos? Sí, aventurero, déjate de subterfugios y ve a Zaragoza… No hay que fiar demasiado en las apariencias. Ni todo el país está tan fanatizado como Cataluña ni toda Cataluña está compuesta de frailes, ni todos los frailes son guerrilleros. En Barcelona hay liberalismo y cultura suficientes para compensar este salvajismo de la sublevación apostólica. No hay que desconfiar todavía. Las poblaciones podrán arrancar a las aldeas su barbarie si hay empeño en ello. No, no será tanta la abyección de este pedazo de tierra europea que disponga de su suerte media docena de monjas y otros tantos canónigos.

No sólo la Cataluña interior era espacio de precarlismo, también la región española en el que el legitimismo más enraizó pujaba, en esta novela en la forma de tropas navarras, no sé si de habla vascuence o de romance septentrional:

Algunos hablaban la jerga indefinible en la cual los éuscaros hallan gran belleza eufónica, y que la tendrá realmente cuando sea bello el ruido de una sierra.

Añadiré también otro nombre a la lista de personajes de ascendencia irlandesa con relevancia en la historia de España: Josefina Comerford. También se menciona en este episodio a Alejandro O’Donnell.

Por ponerse en contexto puede ser interesante saber lo que fue la Milicia Nacional (1812-1823 e intentos posteriores) y qué papel cumplen con posterioridad los Voluntarios Realistas (1823-1833) y la Milicia Urbana (1834-1856) en el siglo de los pronunciamientos militares, las constituciones de bando y la administración de partido.

Me llamó la atención que, escribiendo en 1878, Pérez Galdós pusiera la palabra “comunismo” en boca de un personaje de 1827. Yo no he encontrado ejemplos anteriores en español (sí en francés e inglés, con un significado algo distinto al que fue adquiriendo tras la publicación del Manifiesto Comunista de Marx y Engels en 1848).


Tres comunistas vizcaínos

24/11/2019

Portada

Estoy leyendo Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939-1985, libro que escribió Gregorio Morán a mediados de los años ochenta y del que sé que ha salido una nueva edición en cuyo título se incluye la palabra “agonía” hará un par de años. Si un día llega a mis manos correré a mirar si me han puesto en el Adriático a la bella ciudad de Split. “Split, allá en la costa báltica” lleva diciendo mi ejemplar durante tres décadas.

Como se trata de un volumen considerable de más de seiscientas páginas no me animaré a evaluarlo en su totalidad. La impresión que llevo tras haber leído aproximadamente la mitad es que la paupérrima calidad intelectual y humana de una dirigencia entregada al estalinismo que la financiaba totalmente dio escasos y tristes resultados que sólo podrían haber sido peores si alguna cosa de vez en cuando les hubiera salido bien. Como la capacidad del partido para influir en el interior era diminuta se acababan conformando con teorizar y jugar a las conspiraciones y siempre había alguien que acababa pagando el pato.

Me quedaré con un aspecto parcial. La última vez que escribí algo en este espacio, tras leer lo escrito por Jesús Hernández Tomás en 1953 mencioné de pasada cómo, a diferencia de Pasionaria, Hernández y Uribe habían caído en el olvido incluso en la patria chica que los tres compartían. El libro de Morán puede ser un buen lugar para indagar la caída en desgracia o en el alcoholismo o a base de puñaladas de los comunistas españoles. A las pocas páginas de empezar, a Hernández, Uribe e Ibárruri nos los presenta así:

Hernández y Uribe, a pesar de su semejante procedencia de clase y geográfica, formaban dos tipos biológicamente opuestos. Los dos habían sido pistoleros en Bilbao, aunque Uribe lo había dejado antes desplazándose a Madrid. Hernández entró en la política como guardaespaldas del periodista socialista y líder del primigenio PCE de los años veinte, el inefable Óscar Pérez Solís, un personaje barojiano. Aunque nacido en Murcia, pasó la infancia en Bilbao formando parte de aquella generación bilbaína de “las tres pes” —política, putas y pistolas— de la que salieron algunos cuadros del PC y de la JSU. Estaban a caballo de una tendencia anarquista, que despreciaba toda política que no fuera activismo. Pero les gustaba el mando, la influencia social, el mejorar el mundo suyo y de los de su clase, pero al tiempo les apasionaba el ambiente de los prostíbulos en los que adquirieron cierta notoriedad entre las “profesionales del amor”, como las llamaba Hernández.  Tomaban resoluciones radicales, no tenían miedo y se jugaban la vida. Conviene no olvidar que esos niveles de violencia empapaban el ambiente. En Bilbao las peleas a tiros entre socialistas y comunistas o entre fascistas e izquierdistas estaban a la orden del día. Constituía una forma peculiar de zanjar las discusiones ideológicas; como ninguno era ducho en ideas, y en ese terreno se movían con incomodidad, dejaban hablar a la pistola o “al camarada Mauser”, como decía un himno revolucionario alemán. En noviembre de 1922 los representantes de la UGT de Vizcaya que asistían al congreso sindical que en Madrid iba a decidir el ingreso de la UGT en la Internacional Sindical Roja (ligada a la Komintem) acaban a tiros con sus oponentes en la discusión “de principios”, dejando sobre el terreno un muerto y tres heridos.

En el mismo año de 1922, el que sería secretario general del PCE hasta 1932, José Bullejos, sufrió un atentado perpetrado por los socialistas que le dejaría herido y malparado entre Gallarta y Ortuella, en Vizcaya. Un año más tarde, con ocasión de la huelga general de agosto, Hernández, a la cabeza de un grupo comunista, asalta el diario El Liberal, que dirigía Indalecio Prieto e intenta eliminarle. Hernández siguió esta ruta hasta que se encontró en la dirección del partido en 1926, durante la dictadura de Primo de Rivera, época en la que se instala en Bilbao el Buró Político Clandestino y asciende vertiginosamente en el PCE, junto a otro afiliado a “las tres pes”, Agapito García Atadell, secretario de las juventudes comunistas. No tardaría en sobrepasar sus límites, y en el verano de 1931, tras ser acusado de matar a dos socialistas vizcaínos en el restaurante Bilbaína, huye de España y marcha a la URSS, donde toma asiento durante un año en la Escuela Leninista de Moscú. Había ingresado en el PCE en su fundación, recién cumplidos catorce años.

Tenía encanto personal, y era buen amigo de sus amigos, lo que no podía decirse de Vicente Uribe, que unía a sus limitaciones intelectuales una brutalidad en el trato que le valió el apodo de Herodes por los jóvenes de la JSU, a quienes despreciaba públicamente. Se lo cobrarán en 1956. A Hernández se le quería; era simpático, audaz, ágil, mujeriego, intuitivo y nada dado a discurrir, con un nivel de instrucción elemental, a quien propusieron para ministro de Educación a los veintinueve años, porque no había otro de su ductilidad y su audacia en el Buró Político y porque esa cartera le correspondía al partido, representaba a Córdoba en las Cortes y pasaba por orador fogoso y eficaz.

Uribe, metalúrgico vizcaíno, conocía apenas los ciclos de las cosechas, pero ser ministro de Agricultura en el gobierno de Largo Caballero se reducía a defender una trinchera más, y dar la tierra a los campesinos. Eso hace que nadie se sorprendiera del nombramiento. Además estaba el espíritu estalinista de la época, según el cual todo dirigente comunista servía para todo aquello que se le encomendaba, y los primeros en creérselo eran los propios interesados.

Había un rasgo de Hernández que no se veía con buenos ojos en el aparato del partido. El puritanismo estalinista estaba modelado en la imagen de Pavel Korchaguin, el protagonista del libro de cabecera de todo revolucionario de los años treinta Así se templó el acero. En esta novela de Nikolai Ostrovski, publicada en 1935, y traducida a todas las lenguas, no había más besos que en las mejillas y las lágrimas podían contarse de una en una; porque los héroes ni besan ni lloran. La guerra, no obstante, rompió algunos tabúes, es lógico, y favoreció que las relaciones personales se volvieran más libres. Así se hizo posible, sin escándalo, aunque sí con malevolencia, que Dolores Ibárruri, una mujer casada, se relacionara con la “revelación de nuestra guerra”, el comisario Antón. Pero en el caso de Hernández el asunto tenía un componente de complejidad, pues al convertir en su mujer a Pilar Boves, ésta había dejado de serlo de Domingo Girón, responsable del Comité Provincial de Madrid (detenido luego por la Junta de Casado y fusilado por Franco en 1941), con el que se había casado unos meses antes. Al fin y al cabo, el marido de Dolores, Julián Ruiz, nunca había pasado de militante de base, mientras que Girón era muy querido por sus camaradas. Pilar Boves, de la que hablaremos posteriormente, estaba entre las bellezas de su época; gozaba de un físico excepcional, de un buen conocimiento del mundo y de sus miserias. Había sido amiga de personajes de tronío, como el popular torero Cagancho (Joaquín Rodríguez Ortega, de Triana, “gitano de los ojos verdes”), con el que por cierto se volverá a encontrar en el exilio mexicano, derrotados ambos, odiados también ambos por sus ex colegas envidiosos: toreros y comunistas.

Hace algunos años leí el tuit ingenioso de que no podía ser comunista nadie que en la universidad hubiera tenido que hacer un trabajo de grupo, a lo que añadí de mi cosecha que tampoco quien hubiera compartido vivienda con otros que no fueran familiares o amigos. Con sorpresa le leí al periodista de bodas reales Peñafiel que para él era imposible ser monárquico “porque los conozco” y la misma sensación se me va quedando con respecto a los elevados ideales del comunismo, que resultan bastante difíciles de compartir si se confrontan con la miseria de sus representantes en la tierra. Hoy día y desde la distancia sólo supone sufrir cierta hipocresía, pero en los años de delirio estalinista y estando cerca podía ser la muerte.

En estos momentos posteriores a las elecciones generales de noviembre de 2019 me sigue siendo imposible no comparar. Se podría por ejemplo comparar al PSOE que veinte años después de la guerra no quería ni hablar con el PCE y el que pocos días después de las elecciones generales de este mes de noviembre de 2019 ha llegado a un acuerdo con otros asaltadores de cielos. El tono de la entrada es más la comparación del plano moral. Hace unas semanas un destacado representante podemita de Madrid dimitió tras unas acusaciones de abusos sexuales y esta semana la número 2 del partido ha sido criticada por usar a la escolta de criada doméstica. No sé yo si Pablo Soto e Irene Montero conocerán a Fernando Claudín y Vicente Uribe.

Femando Claudín, había forzado sus relaciones con una joven, Carmen Prieto, aprovecharon una asamblea del partido para reprocharle su conducta como dirigente y como comunista, a lo que respondió con una frase antológica: “Yo soy comunista de la cintura para arriba.”
En definitiva podían decir lo que quisieran, fuera brillante o desvergonzado, zafio o genial, todo tendría siempre el soplo del mando, que imprimía su huella en aquellos espíritus nacidos para mandar y ser obedecidos, en aras de la historia y del progreso de la Humanidad. Era un lugar común, entre el aparato del partido en París, que el secretario para las cuestiones económicas de Vicente Uribe, Tomás García, más conocido por “Juan Gómez”, debía hacerle el café todas las mañanas, pero que no tenía derecho a tomarlo con él, en virtud de un tácito protocolo. Y así sucesivamente. Si hubo quien hizo famosa la frase de que sólo era responsable ante Dios y ante la historia, aquéllos sólo eran responsables ante Moscú y la historia, y Moscú, aunque estaba algo más cerca que Dios, maldito el caso que hacía a los españoles. Como ocurre, según algunos, con Dios, estaba muy ocupado con otros pormenores.

Y sólo he llegado a 1959.


El laberinto de la soledad

09/07/2017

Primera edición (1950)

En el comentario de texto de la Selectividad me tocó un artículo de Octavio Paz. Siempre me quedé con el remordimiento de no haber escrito el circunloquio “el premio Nobel mexicano” (que omití al dar por consabido), que quizá me hubiera hecho ganar alguna décima de propina. Poeta y ensayista en español, acaso la academia quiso darle el premio que negó a Borges. Su poesía nunca me ha dicho gran cosa y a excepción de alguna lectura suelta como el programa de radio en el que supe de sus andanzas por la España bélica he permanecido lejos de su obra, hasta hoy que me ha dado por leer una edición vieja de El laberinto de la soledad.

Como se trata de un grupo de ensayos variado en el que se toca lo divino y lo humano entresaco diversos fragmentos que me han interesado. Por ejemplo este sobre los llamados “pachucos” de la fea ciudad de Los Ángeles, cuya situación identitaria me recuerda un poco a la situación de los maketos y charnegos del País Vasco y Cataluña en España.

Al iniciar mi vida en los Estados Unidos residí algún tiempo en Los Ángeles, ciudad habitada por más de un millón de personas de origen mexicano. A primera vista sorprende al viajero —además de la pureza del cielo y de la fealdad de las dispersas y ostentosas construcciones— la atmósfera vagamente mexicana de la ciudad, imposible de apresar con palabras o conceptos. Esta mexicanidad —gusto por los adornos, descuido y fausto, negligencia, pasión y reserva— flota en el aire. Y digo que flota porque no se mezcla ni se funde con el otro mundo, el mundo norteamericano, hecho de precisión y eficacia. Flota, pero no se opone; se balancea, impulsada por el viento, a veces desgarrada como una nube, otras erguida como un cohete que asciende. Se arrastra, se pliega, se expande, se contrae, duerme o sueña, hermosura harapienta. Flota: no acaba de ser, no acaba de desaparecer.

Algo semejante ocurre con los mexicanos que uno encuentra en la calle. Aunque tengan muchos años de vivir allí, usen la misma ropa, hablen el mismo idioma y sientan vergüenza de su origen, nadie los confundiría con los norteamericanos auténticos. Y no se crea que los rasgos físicos son tan determinantes como vulgarmente se piensa. Lo que me parece distinguirlos del resto de la población es su aire furtivo e inquieto, de seres que se disfrazan, de seres que temen la mirada ajena, capaz de desnudarlos y dejarlos en cueros. Cuando se habla con ellos se advierte que su sensibilidad se parece a la del péndulo, un péndulo que ha perdido la razón y que oscila con violencia y sin compás. Este estado de espíritu —o de ausencia de espíritu— ha engendrado lo que se ha dado en llamar el “pachuco”.

Como es sabido, los “pachucos” son bandas de jóvenes, generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del Sur y que se singularizan tanto por su vestimenta como por su conducta y su lenguaje. Rebeldes instintivos, contra ellos se ha cebado más de una vez el racismo norteamericano. Pero los “pachucos” no reivindican su raza ni la nacionalidad de sus antepasados. A pesar de que su actitud revela una obstinada y casi fanática voluntad de ser, esa voluntad no afirma nada concreto sino la decisión —ambigua, como se verá— de no ser como los otros que los rodean. El “pachuco” no quiere volver a su origen mexicano; tampoco —al menos en apariencia— desea fundirse a la vida norteamericana. Todo en él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones, enigma. Y el primer enigma es su nombre mismo: “pachuco”, vocablo de incierta filiación, que dice nada y dice todo. ¡Extraña palabra, que no tiene significado preciso o que, más exactamente, está cargada, como todas las creaciones populares, de una pluralidad de significados! Queramos o no, estos seres son mexicanos, uno de los extremos a que puede llegar el mexicano.

Estos otros párrafos quizá no sean los más representativos de los que tratan la soledad, pero es interesante cómo la relaciona con la hombría y como la concepción mexicana de la virilidad (y por extensión la hispánica) se diferencia de otras al ser un rasgo de carácter, más que un resultado de la lucha. Educado en el ejemplo literario del Cid o de Machado partiendo al destierro nunca me ha dejado de sorprender que en inglés loser sea un insulto y que la derrota se pueda echar en cara a quien ha luchado como un hombre.

El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y hostilidad del ambiente —y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire— nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. Pero esta conducta, legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente. Ante la simpatía y la dulzura nuestra respuesta es la reserva, pues no sabemos si esos sentimientos son verdaderos o simulados. Y además, nuestra integridad masculina corre tanto peligro ante la benevolencia como ante la hostilidad. Toda abertura de nuestro ser entraña una dimisión de nuestra hombría.

Nuestras relaciones con los otros hombres también están teñidas de recelo. Cada vez que el mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se “abre”, abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por eso la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para el que la escucha; no nos ahogamos en la fuente que nos refleja, ciso, sino que la cegamos. Nuestra cólera no se nutre nada más del temor de ser utilizados por nuestros confidentes —temor general a todos los hombres— sino de la vergüenza de haber renunciado a nuestra soledad. El que se confía, se enajena; “me he vendido con Fulano”, decimos cuando nos confiamos a alguien que no lo merece. Esto es, nos hemos “rajado”, alguien ha penetrado en el castillo fuerte. La distancia entre hombre y hombre, creadora del mutuo respeto y la mutua seguridad, ha desaparecido. No solamente estamos a merced del intruso, sino que hemos abdicado.

Todas estas expresiones revelan que el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría para otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque. El “macho” es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles —como Juárez y Cuauhtémoc— al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad.

Aquí una certera reflexión sobre el surgimiento de las naciones iberoamericanas tras el fin de la Colonia…

Las nuevas Repúblicas fueron inventadas por necesidades políticas y militares del momento, no porque expresasen una real peculiaridad histórica. Los “rasgos nacionales” se fueron formando más tarde; en muchos casos, no son sino consecuencia de la prédica nacionalista de los gobiernos. Aún ahora, un siglo y medio después, nadie puede explicar satisfactoriamente en qué consisten las diferencias “nacionales” entre argentinos y uruguayos, peruanos y ecuatorianos, guatemaltecos y mexicanos. Nada tampoco —excepto la persistencia de las oligarquías locales, sostenidas por el imperialismo norteamericano— explica la existencia en Centroamérica y las Antillas de nueve repúblicas.

…que continúa con el interesante ejemplo mexicano:

No es esto todo. Cada una de las nuevas naciones tuvo, al otro día de la Independencia, una constitución más o menos (casi siempre menos que más) liberal y democrática. En Europa y en los Estados Unidos esas leyes correspondían a una realidad histórica: eran la expresión del ascenso de la burguesía, la consecuencia de la revolución industrial y de la destrucción del antiguo régimen. En Hispanoamérica sólo servían para vestir a la moderna las supervivencias del sistema colonial. La ideología liberal y democrática, lejos de expresar nuestra situación histórica concreta, la ocultaba. La mentira política se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente.

El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad. Durante más de cien años hemos sufrido regímenes de fuerza, al servicio de las oligarquías feudales, pero que utilizan el lenguaje de la libertad. Esta situación se ha prolongado hasta nuestros días. De ahí que la lucha contra la mentira oficial y constitucional sea el primer paso de toda tentativa seria de reforma. Éste parece ser el sentido de los actuales movimientos latinoa-mericanos, cuyo objetivo común consiste en realizar de una vez por todas la Independencia. O sea: transformar nuestros países en sociedades realmente modernas y no en meras fachadas para demagogos y turistas. En esta lucha nuestros pueblos no sólo se enfrentan a la vieja herencia española (la Iglesia, el ejército y la oligarquía), sino al Dictador, al Jefe con la boca henchida de fórmulas legales y patrióticas, ahora aliado a un poder muy distinto al viejo imperialismo hispano: los grandes intereses del capitalismo extranjero.

Casi todo lo anterior es aplicable a México, con decisivas salvedades. En primer término, nuestra revolución de Independencia jamás manifiesta las pretensiones de universalidad que son, a un tiempo, la videncia y la ceguera de Bolívar. Además, los insurgentes vacilan entre la Independencia (Morelos) y formas modernas de autonomía (Hidalgo).

La guerra se inicia como una protesta contra los abusos de la Metrópoli y de la alta burocracia española, sí, pero también y sobre todo contra los grandes latifundistas nativos. No es la rebelión de la aristocracia local contra la Metrópoli, sino la del pueblo contra la primera. De ahí que los revolucionarios hayan concedido mayor importancia a determinadas reformas sociales que a la Independencia misma: Hidalgo decreta la abolición de la esclavitud; Morelos, el reparto de los latifundios.

La guerra de Independencia fue una guerra de clases y no se comprenderá bien su carácter si se ignora que, a diferencia de lo ocurrido en Suramérica, fue una revolución agraria en gestación. Por eso el Ejército (en el que servían “criollos” como Iturbide), la Iglesia y los grandes propietarios se aliaron a la Corona española. Esas fuerzas fueron las que derrotaron a Hidalgo, Morelos y Mina. Un poco más tarde, casi extinguido el movimiento insurgente, ocurre lo inesperado: en España los liberales toman el poder, transforman la Monarquía absoluta en constitucional y amenazan los privilegios de la Iglesia y de la aristocracia. Se opera entonces un brusco cambio de frente; ante este nuevo peligro exterior, el alto clero, los grandes terratenientes, la burocracia y los militares criollos buscan la alianza con los restos de los insurgentes y consuman la Independencia.

Se trata de un verdadero acto de prestidigitación: la separación política de la Metrópoli se realiza en contra de las clases que habían luchado por la Independencia, El virreinato de Nueva España se transforma en el Imperio mexicano. Iturbide, el antiguo general realista, se convierte en Agustín I. Al poco tiempo, una rebelión lo derriba. Se inicia la era de los pronunciamientos.

Breve balance histórico de la Revolución Mexicana:

La Revolución mexicana nos hizo salir de nosotros mismos y nos puso frente a la Historia, planteándonos la necesidad de inventar nuestro futuro y nuestras instituciones. La Revolución mexicana ha muerto sin resolver nuestras contradicciones. Después de la segunda Guerra Mundial, nos damos cuenta que esa creación de nosotros mismos que la realidad nos exige no es diversa a la que una realidad semejante reclama a los otros. Vivimos, como el resto del planeta, una coyuntura decisiva y mortal, huérfanos de pasado y con un futuro por inventar. La Historia universal es ya tarea común. Y nuestro laberinto, el de todos los hombres.

Breve balance histórico del comunismo que a menor escala me parece aplicable a muchas instituciones  y políticas que pretenden corregir las injusticias del mercado, pero que al final sólo generan mercado negro e injusticias mayores:

Los métodos de “acumulación socialista” —como los llamaba el difunto Stalin— se han revelado bastante más crueles que los sistemas de “acumulación primitiva” del capital, que con tanta justicia indignaban a Marx y Engels. Nadie duda que el “socialismo” totalitario puede transformar la economía de un país; es más dudoso que logre liberar al hombre. Y esto último es lo único que nos interesa y lo único que justifica una revolución.

Por supuesto hay mucho más de entre lo que destaco por lo leven una entretenida disquisición sobre la variación léxica del tema “chingar” pero además en el campo de las ideas: la soledad, la muerte, la destrucción del mundo politico y religioso precolombino, el catolicismo, la proyección de Europa en la Nueva España, sor Juana Inés, el interesante siglo XIX mexicano y la situación de lo que durante el XX llamábamos el mundo en vías de desarrollo,

Leo que hay ediciones posteriores que añaden tres ensayos a los ocho y apéndice de la primera. Intentaré hacerme con una de esas cuando vuelva a esta obra.


Una idea italiana que no sé si me gusta

17/02/2016
Austero en etimo.it

Austero en etimo.it

Aquí se cruzan varias historias. Una es que hace meses mi viejo me estaba contando una que Berlinguer fue el primero que habló de austeridad en política y que decía que la austeridad era de izquierdas. Me sacó un librito en italiano que le había prestado un amigo suyo. No sé yo cuánto entiende mi señor padre el italiano. No me costó encontrar el texto traducido al español de las conferencias del año 1977 en las que el secretario general del Partido Comunista Italiano proponía la austeridad individual como valor revolucionario.

Mira si no son austeros los cubanos y los venezolanos y todos los que hayan vivido en un régimen comunista. Yo creo también lo soy, pero la austeridad que no es obligatoria y que es una especie de modo de vida basado en no obtener demasiada felicidad con la posesión de cosas es diferente a la penuria impuesta por consecuencias de la Historia o sistemas económicos ineficientes. De todos modos yo le conté a mi progenitor que la palabra “austeridad” estaba mutando de sentido por influencia del inglés, y que recordaba perfectamente el día en que vi un cartel que decía anti-austerity y haber pensado “está mal, no puede ser”.

Veo ahora que los italianos están utilizando tal cual la palabra inglesa austerity para hablar de política económica de reducción del gasto público. Con poner “l’austerity” así con el artículo apostrofado en los buscadores salen ejemplos a tutiplén. El diccionario del diario La Repubblica tiene las dos entradas separadas para austerità y austerity aunque ésta última remite a la acepción económica de austerità: severa contención del gasto público etc.

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La Repubblica tiene diccionario

Luego he recordado que cuando veía los telediarios italianos siempre me llamaba mucho la atención que utilizaban mucho la palabra inglesa privacy. Creo recordar que solía ser por asuntos sórdidos de Berlusconi. No entendía por qué hacía falta una palabra inglesa si se podía decir privacità como se hace en español con “privacidad”. En realidad el concepto ese de privacidad es bastante reciente. Yo recuerdo bien la primera vez que leí la palabra alrededor de 1994 ó 1995 cuando estudiaba Derecho en la universidad.

Era en alguna sentencia del Tribunal Constitucional que juzgaba estas cosas. Cuando hicieron la Constitución el concepto aún no había llegado y el derecho reconocido en la misma se llama “al honor, la intimidad y la propia imagen”. La sentencia aquella decía que había cosas que aunque no eran íntimas si que había que protegerlas porque eran privadas, pero no privadas en el sentido de la propiedad privada sino en el que hoy día entendemos de privacidad. Yo vi la palabra allí escrita con la sensación de que el ponente se la estaba inventando. Puede que lo estuviera cogiendo de otro idioma. No diré de cual.

El caso, es que cuando tienes una palabra parecida a las que hay en tu idioma que viene de otro parece que hay dos opciones: una es ampliar el número de significados de la que ya tenías a riesgo de confusión (¿austeridad qué es?, ¿la privacidad no es una cualidad de la propiedad privada?). La otra sería mantener el significado de lo que ya tenías en el idioma y meter la palabra extranjera sin más. (Yo mismo he escrito varias veces “politically correct” en este blog porque no acabo de aceptar una expresión que ni tiene que ver precisamente con la política ni con lo que es correcto e incorrecto). También digo “políticamente correcto” o “políticamente incorrecto” a veces. No pasa nada.

Total que no sé que es lo mejor ni sé si la idea italiana me parece buena, quizá precisamente porque yo ya lo he probado. En todo caso dejo aquí una viñeta fantástica de La Pulga Snob de Andrés Diplotti que trata sobre lo políticamente incorrecto.


Ursificación

14/11/2015
Mola

The Last Stalinist (Preston)

En el libro que acabe la semana pasada (la biografía de Carrillo escrita por Preston) el autor utiliza un interesante adjetivo a cuento de la unificación de las organizaciones de las juventudes socialista y comunista en 1936. Las gentes del PSOE siempre han considerado que la fusión no fue tal, sino una traición de Carrillo al haberse apropiado de las juventudes socialistas para el PCE . Ya en la época hubo quien dijo que las Juventudes Socialistas Unificadas eran en realidad “Urssificadas” (Preston lo escribe así, en español y con dos eses). Creo que Preston le atribuye la acuñación a Araquistáin (ahora me da pereza comprobarlo), pero he gugleado un poco y veo que la gracieta y el adjetivo fueron moneda común en la época. Con la forma “Ursificadas“, que con una sola ese parece más una palabra de verdad.

No creo que haya sido el primero en reparar en que lo de “ursificación” es doblemente gracioso, ya que también se podría llamar así al proceso de convertirse o convertir algo en ursus –oso-, que curiosamente es el animal con el que se suele identificar a Rusia. En efecto, una búsqueda del equivalente inglés ursification, (en inglés el juego de palabra y sigla no funciona ya que la URSS es SSSR) me da resultados que apuntan a la filología, videojuegos en los que los personajes se convierten en plantígrados y cierto colectivo homosexual.


El último estalinista

12/11/2015
Mola

La portada,muy buena. La tipografía de época me encanta

El otro libro de Preston que tenía en la recámara era la biografía de Santiago Carrillo (1915-2012), volumen que en español se ha llamado “el zorro rojo” y en inglés “el último estalinista”. Lo de estalinista venderá más en el mundo anglosajón… a nosotros que tuvimos nuestra dictadura estilo años treinta hasta los setenta, el estalinismo no nos puede evocar tanto como a húngaros, checos o polacos. Ciertamente, los modos estalinistas con los que se dirigía el PCE desde Moscú, París y Bucarest en casi nada afectaban a la población española del interior. El caso es que una de las partes más interesantes del libro es la de cómo se las traían a salto de mata entre París y Moscú en la pelea por conservar el cetro del PCE. La idea central del relato es que Carrillo acabó traicionando a todo aquel que se le acercó en sus seis décadas de actividad política. Las habilidades de politburó del Carrillo exiliado pueden ser lo que provoque que quien lea el libro salga de él con un peor concepto del protagonista que el que tenía antes de haberlo empezado.

Paracuellos. Quizá no sea un episodio que explique demasiado su biografía, pero sí es el que más juego ha dado. La opinión de Preston es que Carrillo no es “el responsable”, pero que tampoco es del todo inocente. A mí me parece que es un asunto en el que nunca será posible delimitar con precisión la responsabilidad individual. Visto lo que pasó parece que hasta cierto punto habría sido posible haber evitado las sacas, pero hacían falta dos cosas: voluntad y suerte. Probablemente Carrillo seguramente ni tuvo la voluntad, pero también puede entenderse que entre tanta muerte y en una ciudad a punto de ser invadida por un ejército enemigo hay muchas cosas de las que ocuparse y que en esa jerarquía de cosas las vidas de los amigos de los enemigos pueden ocupar un lugar bajo de la lista. Si el caos atenúa la culpa por omisión culpable es algo que podremos discutir toda la vida desde los planos moral, político y bélico. En el continuum entre la inocencia y la culpabilidad la visión de Preston mueve la aguja de mi barómetro unas décimas hacia esta última.

Puñaladas. Cuando esta tropa andaba en la URSS donde pasaron tantos años uno se imagina que hablarían ruso como quien respira. Al parecer sólo Líster aprendió y el resto se defendía a lo sumo con un francés pasable pero pobre. Casi se pregunta uno de qué le servían al Kremlin. A veces incluso parecería que le estorbaban más que ayudar. Me ha parecido muy interesante el punto de vista de que la conocida reunión de 1948 con Stalin en la que les recomienda que se infiltren en las estructuras del franquismo, lo que el georgiano les estaba pidiendo en realidad es que no molestaran en la dinámica de Guerra Fría y que se olvidaran de hacer una guerra convencional. Del mismo modo, he podido reintepretar la famosa carta de Carrillo a su padre en 1939 a la luz de las purgas de los procesos de Moscú, que cuando uno la leyó creyó que de verdad iba dirigida al destinatario y no era eso. También del periodo y estilo soviético, la parte más chunga de la biografía de Carrillo (obviando Paracuellos) son todas las traiciones a los camaradas a los que limpiaron el forro por sospechas más o menos infundadas de colaboracionismo, unas purgas a pequeña escala supongo que por el pequeño poder del que disponía el pequeño partido derrotado y exiliado pero que le hacen a uno plantearse cómo habría sido este partido en el gobierno de un país.

Más tarde, diría que al inicio de la Transición hubo una oportunidad de que el PCE hubiera ocupado el espacio de referente de la izquierda que tenía el Partido Comunista Italiano y qur fueron sobre todo los errores de Carrillo la causa de que no fuera así. El gran error habría sido presentar a las elecciones de 1977 a la galería de ancianos derrotados de la guerra civil, o por decirlo con otras palabras: al PCE le faltó un Suresnes. En cambio, para el país fue bueno que de las dos fuerzas a la izquierda y las dos a la derecha saliera reforzada la más centrada de cada lado. No sé si la reflexión servirá de algo en un momento en el que nos acercamos a otro escenario tetrapartito. El gran mérito de Carrillo es haber hundido al PCE para que el cambio brutal que tenía que experimentar España fuera más llevadero.

(Creo que una prueba de su naufragio absoluto puede ser mi humilde ignorancia de licenciado en Ciencias Políticas que sigue las noticias de España desde lejos. Al descubrir que José Díaz se suicidó en Tiflis he buscado a ver quién era el actual secretario general del Partido Comunista de España. El actual lleva en su cargo desde 2009. No había oído su nombre en mi vida).

Lo que queda del libro. Al final, Carrillo es un personaje con el que sólo puede simpatizar el español más o menos “de centro”. Para el de derechista será siempre el asesino de Paracuellos; para el izquierdista, el hombre que manejó con mano de hierro el PCE hasta traicionarlo y dejado reducido a escombros electorales en beneficio tan sólo de su ego. Creo que de entre esos españoles poco ideologizados que lean este libro la mayoría acabará con un concepto del personaje peor del que tenían. Pero ahí está, una pieza importante del siglo XX español. En las aguas de la política ser capaz de mantenerse siempre a flote es un todo un arte.


Pensad bien en lo que va a pasar dentro de diez años

16/02/2013

Quería traer aquí un pequeño párrafo de un artículo que habla de la elección de Karol Wojtyla como autoridad suprema de los católicos del mundo. Fue publicado en El País el día 13 de este mes de febrero:

Viendo que no cedían ni los unos ni los otros, los cardenales austriacos y alemanes defendieron la idea de hacer Papa a un cardenal del Este que estuviera preparado por experiencia propia a la hora en que se desplomara el comunismo. Y la Iglesia sabía que el comunismo estaba agonizando.

Bien, me imagino que el entonces cardenal polaco tendría por aquel momento una experiencia en caídas del comunismo impresionante. Pero decir que en 1978 la Iglesia sabía que el comunismo estaba agonizando, cuando su derrumbe llegó completemente por sorpresa no uno ni dos, sino once años después me parece un logrado ejemplo de la falacia del historiador.

Curiosamente el artículo no está firmado en Roma, sino en Río de Janeiro. Una insolación.