El laberinto de la soledad

09/07/2017

Primera edición (1950)

En el comentario de texto de la Selectividad me tocó un artículo de Octavio Paz. Siempre me quedé con el remordimiento de no haber escrito el circunloquio “el premio Nobel mexicano” (que omití al dar por consabido), que quizá me hubiera hecho ganar alguna décima de propina. Poeta y ensayista en español, acaso la academia quiso darle el premio que negó a Borges. Su poesía nunca me ha dicho gran cosa y a excepción de alguna lectura suelta como el programa de radio en el que supe de sus andanzas por la España bélica he permanecido lejos de su obra, hasta hoy que me ha dado por leer una edición vieja de El laberinto de la soledad.

Como se trata de un grupo de ensayos variado en el que se toca lo divino y lo humano entresaco diversos fragmentos que me han interesado. Por ejemplo este sobre los llamados “pachucos” de la fea ciudad de Los Ángeles, cuya situación identitaria me recuerda un poco a la situación de los maketos y charnegos del País Vasco y Cataluña en España.

Al iniciar mi vida en los Estados Unidos residí algún tiempo en Los Ángeles, ciudad habitada por más de un millón de personas de origen mexicano. A primera vista sorprende al viajero —además de la pureza del cielo y de la fealdad de las dispersas y ostentosas construcciones— la atmósfera vagamente mexicana de la ciudad, imposible de apresar con palabras o conceptos. Esta mexicanidad —gusto por los adornos, descuido y fausto, negligencia, pasión y reserva— flota en el aire. Y digo que flota porque no se mezcla ni se funde con el otro mundo, el mundo norteamericano, hecho de precisión y eficacia. Flota, pero no se opone; se balancea, impulsada por el viento, a veces desgarrada como una nube, otras erguida como un cohete que asciende. Se arrastra, se pliega, se expande, se contrae, duerme o sueña, hermosura harapienta. Flota: no acaba de ser, no acaba de desaparecer.

Algo semejante ocurre con los mexicanos que uno encuentra en la calle. Aunque tengan muchos años de vivir allí, usen la misma ropa, hablen el mismo idioma y sientan vergüenza de su origen, nadie los confundiría con los norteamericanos auténticos. Y no se crea que los rasgos físicos son tan determinantes como vulgarmente se piensa. Lo que me parece distinguirlos del resto de la población es su aire furtivo e inquieto, de seres que se disfrazan, de seres que temen la mirada ajena, capaz de desnudarlos y dejarlos en cueros. Cuando se habla con ellos se advierte que su sensibilidad se parece a la del péndulo, un péndulo que ha perdido la razón y que oscila con violencia y sin compás. Este estado de espíritu —o de ausencia de espíritu— ha engendrado lo que se ha dado en llamar el “pachuco”.

Como es sabido, los “pachucos” son bandas de jóvenes, generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del Sur y que se singularizan tanto por su vestimenta como por su conducta y su lenguaje. Rebeldes instintivos, contra ellos se ha cebado más de una vez el racismo norteamericano. Pero los “pachucos” no reivindican su raza ni la nacionalidad de sus antepasados. A pesar de que su actitud revela una obstinada y casi fanática voluntad de ser, esa voluntad no afirma nada concreto sino la decisión —ambigua, como se verá— de no ser como los otros que los rodean. El “pachuco” no quiere volver a su origen mexicano; tampoco —al menos en apariencia— desea fundirse a la vida norteamericana. Todo en él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones, enigma. Y el primer enigma es su nombre mismo: “pachuco”, vocablo de incierta filiación, que dice nada y dice todo. ¡Extraña palabra, que no tiene significado preciso o que, más exactamente, está cargada, como todas las creaciones populares, de una pluralidad de significados! Queramos o no, estos seres son mexicanos, uno de los extremos a que puede llegar el mexicano.

Estos otros párrafos quizá no sean los más representativos de los que tratan la soledad, pero es interesante cómo la relaciona con la hombría y como la concepción mexicana de la virilidad (y por extensión la hispánica) se diferencia de otras al ser un rasgo de carácter, más que un resultado de la lucha. Educado en el ejemplo literario del Cid o de Machado partiendo al destierro nunca me ha dejado de sorprender que en inglés loser sea un insulto y que la derrota se pueda echar en cara a quien ha luchado como un hombre.

El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y hostilidad del ambiente —y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire— nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. Pero esta conducta, legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente. Ante la simpatía y la dulzura nuestra respuesta es la reserva, pues no sabemos si esos sentimientos son verdaderos o simulados. Y además, nuestra integridad masculina corre tanto peligro ante la benevolencia como ante la hostilidad. Toda abertura de nuestro ser entraña una dimisión de nuestra hombría.

Nuestras relaciones con los otros hombres también están teñidas de recelo. Cada vez que el mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se “abre”, abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por eso la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para el que la escucha; no nos ahogamos en la fuente que nos refleja, ciso, sino que la cegamos. Nuestra cólera no se nutre nada más del temor de ser utilizados por nuestros confidentes —temor general a todos los hombres— sino de la vergüenza de haber renunciado a nuestra soledad. El que se confía, se enajena; “me he vendido con Fulano”, decimos cuando nos confiamos a alguien que no lo merece. Esto es, nos hemos “rajado”, alguien ha penetrado en el castillo fuerte. La distancia entre hombre y hombre, creadora del mutuo respeto y la mutua seguridad, ha desaparecido. No solamente estamos a merced del intruso, sino que hemos abdicado.

Todas estas expresiones revelan que el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría para otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque. El “macho” es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles —como Juárez y Cuauhtémoc— al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad.

Aquí una certera reflexión sobre el surgimiento de las naciones iberoamericanas tras el fin de la Colonia…

Las nuevas Repúblicas fueron inventadas por necesidades políticas y militares del momento, no porque expresasen una real peculiaridad histórica. Los “rasgos nacionales” se fueron formando más tarde; en muchos casos, no son sino consecuencia de la prédica nacionalista de los gobiernos. Aún ahora, un siglo y medio después, nadie puede explicar satisfactoriamente en qué consisten las diferencias “nacionales” entre argentinos y uruguayos, peruanos y ecuatorianos, guatemaltecos y mexicanos. Nada tampoco —excepto la persistencia de las oligarquías locales, sostenidas por el imperialismo norteamericano— explica la existencia en Centroamérica y las Antillas de nueve repúblicas.

…que continúa con el interesante ejemplo mexicano:

No es esto todo. Cada una de las nuevas naciones tuvo, al otro día de la Independencia, una constitución más o menos (casi siempre menos que más) liberal y democrática. En Europa y en los Estados Unidos esas leyes correspondían a una realidad histórica: eran la expresión del ascenso de la burguesía, la consecuencia de la revolución industrial y de la destrucción del antiguo régimen. En Hispanoamérica sólo servían para vestir a la moderna las supervivencias del sistema colonial. La ideología liberal y democrática, lejos de expresar nuestra situación histórica concreta, la ocultaba. La mentira política se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente.

El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad. Durante más de cien años hemos sufrido regímenes de fuerza, al servicio de las oligarquías feudales, pero que utilizan el lenguaje de la libertad. Esta situación se ha prolongado hasta nuestros días. De ahí que la lucha contra la mentira oficial y constitucional sea el primer paso de toda tentativa seria de reforma. Éste parece ser el sentido de los actuales movimientos latinoa-mericanos, cuyo objetivo común consiste en realizar de una vez por todas la Independencia. O sea: transformar nuestros países en sociedades realmente modernas y no en meras fachadas para demagogos y turistas. En esta lucha nuestros pueblos no sólo se enfrentan a la vieja herencia española (la Iglesia, el ejército y la oligarquía), sino al Dictador, al Jefe con la boca henchida de fórmulas legales y patrióticas, ahora aliado a un poder muy distinto al viejo imperialismo hispano: los grandes intereses del capitalismo extranjero.

Casi todo lo anterior es aplicable a México, con decisivas salvedades. En primer término, nuestra revolución de Independencia jamás manifiesta las pretensiones de universalidad que son, a un tiempo, la videncia y la ceguera de Bolívar. Además, los insurgentes vacilan entre la Independencia (Morelos) y formas modernas de autonomía (Hidalgo).

La guerra se inicia como una protesta contra los abusos de la Metrópoli y de la alta burocracia española, sí, pero también y sobre todo contra los grandes latifundistas nativos. No es la rebelión de la aristocracia local contra la Metrópoli, sino la del pueblo contra la primera. De ahí que los revolucionarios hayan concedido mayor importancia a determinadas reformas sociales que a la Independencia misma: Hidalgo decreta la abolición de la esclavitud; Morelos, el reparto de los latifundios.

La guerra de Independencia fue una guerra de clases y no se comprenderá bien su carácter si se ignora que, a diferencia de lo ocurrido en Suramérica, fue una revolución agraria en gestación. Por eso el Ejército (en el que servían “criollos” como Iturbide), la Iglesia y los grandes propietarios se aliaron a la Corona española. Esas fuerzas fueron las que derrotaron a Hidalgo, Morelos y Mina. Un poco más tarde, casi extinguido el movimiento insurgente, ocurre lo inesperado: en España los liberales toman el poder, transforman la Monarquía absoluta en constitucional y amenazan los privilegios de la Iglesia y de la aristocracia. Se opera entonces un brusco cambio de frente; ante este nuevo peligro exterior, el alto clero, los grandes terratenientes, la burocracia y los militares criollos buscan la alianza con los restos de los insurgentes y consuman la Independencia.

Se trata de un verdadero acto de prestidigitación: la separación política de la Metrópoli se realiza en contra de las clases que habían luchado por la Independencia, El virreinato de Nueva España se transforma en el Imperio mexicano. Iturbide, el antiguo general realista, se convierte en Agustín I. Al poco tiempo, una rebelión lo derriba. Se inicia la era de los pronunciamientos.

Breve balance histórico de la Revolución Mexicana:

La Revolución mexicana nos hizo salir de nosotros mismos y nos puso frente a la Historia, planteándonos la necesidad de inventar nuestro futuro y nuestras instituciones. La Revolución mexicana ha muerto sin resolver nuestras contradicciones. Después de la segunda Guerra Mundial, nos damos cuenta que esa creación de nosotros mismos que la realidad nos exige no es diversa a la que una realidad semejante reclama a los otros. Vivimos, como el resto del planeta, una coyuntura decisiva y mortal, huérfanos de pasado y con un futuro por inventar. La Historia universal es ya tarea común. Y nuestro laberinto, el de todos los hombres.

Breve balance histórico del comunismo que a menor escala me parece aplicable a muchas instituciones  y políticas que pretenden corregir las injusticias del mercado, pero que al final sólo generan mercado negro e injusticias mayores:

Los métodos de “acumulación socialista” —como los llamaba el difunto Stalin— se han revelado bastante más crueles que los sistemas de “acumulación primitiva” del capital, que con tanta justicia indignaban a Marx y Engels. Nadie duda que el “socialismo” totalitario puede transformar la economía de un país; es más dudoso que logre liberar al hombre. Y esto último es lo único que nos interesa y lo único que justifica una revolución.

Por supuesto hay mucho más de entre lo que destaco por lo leven una entretenida disquisición sobre la variación léxica del tema “chingar” pero además en el campo de las ideas: la soledad, la muerte, la destrucción del mundo politico y religioso precolombino, el catolicismo, la proyección de Europa en la Nueva España, sor Juana Inés, el interesante siglo XIX mexicano y la situación de lo que durante el XX llamábamos el mundo en vías de desarrollo,

Leo que hay ediciones posteriores que añaden tres ensayos a los ocho y apéndice de la primera. Intentaré hacerme con una de esas cuando vuelva a esta obra.


Una idea italiana que no sé si me gusta

17/02/2016
Austero en etimo.it

Austero en etimo.it

Aquí se cruzan varias historias. Una es que hace meses mi viejo me estaba contando una que Berlinguer fue el primero que habló de austeridad en política y que decía que la austeridad era de izquierdas. Me sacó un librito en italiano que le había prestado un amigo suyo. No sé yo cuánto entiende mi señor padre el italiano. No me costó encontrar el texto traducido al español de las conferencias del año 1977 en las que el secretario general del Partido Comunista Italiano proponía la austeridad individual como valor revolucionario.

Mira si no son austeros los cubanos y los venezolanos y todos los que hayan vivido en un régimen comunista. Yo creo también lo soy, pero la austeridad que no es obligatoria y que es una especie de modo de vida basado en no obtener demasiada felicidad con la posesión de cosas es diferente a la penuria impuesta por consecuencias de la Historia o sistemas económicos ineficientes. De todos modos yo le conté a mi progenitor que la palabra “austeridad” estaba mutando de sentido por influencia del inglés, y que recordaba perfectamente el día en que vi un cartel que decía anti-austerity y haber pensado “está mal, no puede ser”.

Veo ahora que los italianos están utilizando tal cual la palabra inglesa austerity para hablar de política económica de reducción del gasto público. Con poner “l’austerity” así con el artículo apostrofado en los buscadores salen ejemplos a tutiplén. El diccionario del diario La Repubblica tiene las dos entradas separadas para austerità y austerity aunque ésta última remite a la acepción económica de austerità: severa contención del gasto público etc.

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La Repubblica tiene diccionario

Luego he recordado que cuando veía los telediarios italianos siempre me llamaba mucho la atención que utilizaban mucho la palabra inglesa privacy. Creo recordar que solía ser por asuntos sórdidos de Berlusconi. No entendía por qué hacía falta una palabra inglesa si se podía decir privacità como se hace en español con “privacidad”. En realidad el concepto ese de privacidad es bastante reciente. Yo recuerdo bien la primera vez que leí la palabra alrededor de 1994 ó 1995 cuando estudiaba Derecho en la universidad.

Era en alguna sentencia del Tribunal Constitucional que juzgaba estas cosas. Cuando hicieron la Constitución el concepto aún no había llegado y el derecho reconocido en la misma se llama “al honor, la intimidad y la propia imagen”. La sentencia aquella decía que había cosas que aunque no eran íntimas si que había que protegerlas porque eran privadas, pero no privadas en el sentido de la propiedad privada sino en el que hoy día entendemos de privacidad. Yo vi la palabra allí escrita con la sensación de que el ponente se la estaba inventando. Puede que lo estuviera cogiendo de otro idioma. No diré de cual.

El caso, es que cuando tienes una palabra parecida a las que hay en tu idioma que viene de otro parece que hay dos opciones: una es ampliar el número de significados de la que ya tenías a riesgo de confusión (¿austeridad qué es?, ¿la privacidad no es una cualidad de la propiedad privada?). La otra sería mantener el significado de lo que ya tenías en el idioma y meter la palabra extranjera sin más. (Yo mismo he escrito varias veces “politically correct” en este blog porque no acabo de aceptar una expresión que ni tiene que ver precisamente con la política ni con lo que es correcto e incorrecto). También digo “políticamente correcto” o “políticamente incorrecto” a veces. No pasa nada.

Total que no sé que es lo mejor ni sé si la idea italiana me parece buena, quizá precisamente porque yo ya lo he probado. En todo caso dejo aquí una viñeta fantástica de La Pulga Snob de Andrés Diplotti que trata sobre lo políticamente incorrecto.


Ursificación

14/11/2015
Mola

The Last Stalinist (Preston)

En el libro que acabe la semana pasada (la biografía de Carrillo escrita por Preston) el autor utiliza un interesante adjetivo a cuento de la unificación de las organizaciones de las juventudes socialista y comunista en 1936. Las gentes del PSOE siempre han considerado que la fusión no fue tal, sino una traición de Carrillo al haberse apropiado de las juventudes socialistas para el PCE . Ya en la época hubo quien dijo que las Juventudes Socialistas Unificadas eran en realidad “Urssificadas” (Preston lo escribe así, en español y con dos eses). Creo que Preston le atribuye la acuñación a Araquistáin (ahora me da pereza comprobarlo), pero he gugleado un poco y veo que la gracieta y el adjetivo fueron moneda común en la época. Con la forma “Ursificadas“, que con una sola ese parece más una palabra de verdad.

No creo que haya sido el primero en reparar en que lo de “ursificación” es doblemente gracioso, ya que también se podría llamar así al proceso de convertirse o convertir algo en ursus –oso-, que curiosamente es el animal con el que se suele identificar a Rusia. En efecto, una búsqueda del equivalente inglés ursification, (en inglés el juego de palabra y sigla no funciona ya que la URSS es SSSR) me da resultados que apuntan a la filología, videojuegos en los que los personajes se convierten en plantígrados y cierto colectivo homosexual.


El último estalinista

12/11/2015
Mola

La portada,muy buena. La tipografía de época me encanta

El otro libro de Preston que tenía en la recámara era la biografía de Santiago Carrillo (1915-2012), volumen que en español se ha llamado “el zorro rojo” y en inglés “el último estalinista”. Lo de estalinista venderá más en el mundo anglosajón… a nosotros que tuvimos nuestra dictadura estilo años treinta hasta los setenta, el estalinismo no nos puede evocar tanto como a húngaros, checos o polacos. Ciertamente, los modos estalinistas con los que se dirigía el PCE desde Moscú, París y Bucarest en casi nada afectaban a la población española del interior. El caso es que una de las partes más interesantes del libro es la de cómo se las traían a salto de mata entre París y Moscú en la pelea por conservar el cetro del PCE. La idea central del relato es que Carrillo acabó traicionando a todo aquel que se le acercó en sus seis décadas de actividad política. Las habilidades de politburó del Carrillo exiliado pueden ser lo que provoque que quien lea el libro salga de él con un peor concepto del protagonista que el que tenía antes de haberlo empezado.

Paracuellos. Quizá no sea un episodio que explique demasiado su biografía, pero sí es el que más juego ha dado. La opinión de Preston es que Carrillo no es “el responsable”, pero que tampoco es del todo inocente. A mí me parece que es un asunto en el que nunca será posible delimitar con precisión la responsabilidad individual. Visto lo que pasó parece que hasta cierto punto habría sido posible haber evitado las sacas, pero hacían falta dos cosas: voluntad y suerte. Probablemente Carrillo seguramente ni tuvo la voluntad, pero también puede entenderse que entre tanta muerte y en una ciudad a punto de ser invadida por un ejército enemigo hay muchas cosas de las que ocuparse y que en esa jerarquía de cosas las vidas de los amigos de los enemigos pueden ocupar un lugar bajo de la lista. Si el caos atenúa la culpa por omisión culpable es algo que podremos discutir toda la vida desde los planos moral, político y bélico. En el continuum entre la inocencia y la culpabilidad la visión de Preston mueve la aguja de mi barómetro unas décimas hacia esta última.

Puñaladas. Cuando esta tropa andaba en la URSS donde pasaron tantos años uno se imagina que hablarían ruso como quien respira. Al parecer sólo Líster aprendió y el resto se defendía a lo sumo con un francés pasable pero pobre. Casi se pregunta uno de qué le servían al Kremlin. A veces incluso parecería que le estorbaban más que ayudar. Me ha parecido muy interesante el punto de vista de que la conocida reunión de 1948 con Stalin en la que les recomienda que se infiltren en las estructuras del franquismo, lo que el georgiano les estaba pidiendo en realidad es que no molestaran en la dinámica de Guerra Fría y que se olvidaran de hacer una guerra convencional. Del mismo modo, he podido reintepretar la famosa carta de Carrillo a su padre en 1939 a la luz de las purgas de los procesos de Moscú, que cuando uno la leyó creyó que de verdad iba dirigida al destinatario y no era eso. También del periodo y estilo soviético, la parte más chunga de la biografía de Carrillo (obviando Paracuellos) son todas las traiciones a los camaradas a los que limpiaron el forro por sospechas más o menos infundadas de colaboracionismo, unas purgas a pequeña escala supongo que por el pequeño poder del que disponía el pequeño partido derrotado y exiliado pero que le hacen a uno plantearse cómo habría sido este partido en el gobierno de un país.

Más tarde, diría que al inicio de la Transición hubo una oportunidad de que el PCE hubiera ocupado el espacio de referente de la izquierda que tenía el Partido Comunista Italiano y qur fueron sobre todo los errores de Carrillo la causa de que no fuera así. El gran error habría sido presentar a las elecciones de 1977 a la galería de ancianos derrotados de la guerra civil, o por decirlo con otras palabras: al PCE le faltó un Suresnes. En cambio, para el país fue bueno que de las dos fuerzas a la izquierda y las dos a la derecha saliera reforzada la más centrada de cada lado. No sé si la reflexión servirá de algo en un momento en el que nos acercamos a otro escenario tetrapartito. El gran mérito de Carrillo es haber hundido al PCE para que el cambio brutal que tenía que experimentar España fuera más llevadero.

(Creo que una prueba de su naufragio absoluto puede ser mi humilde ignorancia de licenciado en Ciencias Políticas que sigue las noticias de España desde lejos. Al descubrir que José Díaz se suicidó en Tiflis he buscado a ver quién era el actual secretario general del Partido Comunista de España. El actual lleva en su cargo desde 2009. No había oído su nombre en mi vida).

Lo que queda del libro. Al final, Carrillo es un personaje con el que sólo puede simpatizar el español más o menos “de centro”. Para el de derechista será siempre el asesino de Paracuellos; para el izquierdista, el hombre que manejó con mano de hierro el PCE hasta traicionarlo y dejado reducido a escombros electorales en beneficio tan sólo de su ego. Creo que de entre esos españoles poco ideologizados que lean este libro la mayoría acabará con un concepto del personaje peor del que tenían. Pero ahí está, una pieza importante del siglo XX español. En las aguas de la política ser capaz de mantenerse siempre a flote es un todo un arte.


Pensad bien en lo que va a pasar dentro de diez años

16/02/2013

Quería traer aquí un pequeño párrafo de un artículo que habla de la elección de Karol Wojtyla como autoridad suprema de los católicos del mundo. Fue publicado en El País el día 13 de este mes de febrero:

Viendo que no cedían ni los unos ni los otros, los cardenales austriacos y alemanes defendieron la idea de hacer Papa a un cardenal del Este que estuviera preparado por experiencia propia a la hora en que se desplomara el comunismo. Y la Iglesia sabía que el comunismo estaba agonizando.

Bien, me imagino que el entonces cardenal polaco tendría por aquel momento una experiencia en caídas del comunismo impresionante. Pero decir que en 1978 la Iglesia sabía que el comunismo estaba agonizando, cuando su derrumbe llegó completemente por sorpresa no uno ni dos, sino once años después me parece un logrado ejemplo de la falacia del historiador.

Curiosamente el artículo no está firmado en Roma, sino en Río de Janeiro. Una insolación.


Cartel vietnamita

22/11/2011

Cartel vietnamita

En diciembre de 2007 en Vietnam vi pasar fugazmente este cartel. Íbamos de Da Nang a Hoi An en un lujoso coche coreano con chófer y todo. Cosas del tipo de cambio. Me gustan varios movimientos estéticos relacionados con el socialismo. El constructivismo es uno de ellos, pero más en general la cartelística de la propaganda siempre me ha llamado la atención: cosas como antiguos pósteres soviéticos y chinos. Lo del gobierno y el partido vietnamitas tiene muchos rasgos del maoísmo estético o leninismo de ojos almendrados. El caso es que hasta ahora no podía saber si era un cartel de propaganda o si no. Así, a simple vista, me parecía algo relacionado con la energía nuclear. Ahora con Google Translate lo he podido intentar:

Diện bàn. Công nghiêp hóa hiên dai hóa. Xây dựng quê hương giau manh vă minh.

Meter estas palabras ya ha sido toda una odisea. Existe algo que se llama teclado vietnamita TVCN 6064 y por fortuna GTranslate me da la posibilidad de jugar con sus teclas. Me falta lo que creo que es la penúltima palabra, al estar uno de los paneles descolocados. Esta combinación me da en inglés:

View table. Industry modernization. Building strong and prosperous homeland intelligence.

Y en español algo muy extraño. No sé si Diện bàn es el nombre de una marca o un exhorto a mirar el cartel. Pero haciendo una traducción muy literal de lo que sale el inglés:

Ver tabla. Modernización de la industria. Construyendo una fuerte y próspera inteligencia en el país.

No sé si se referirá a la inteligencia o la intelligentsia, pero ahí no puedo entrar.

También me llama la atención lo de la industria (ah, el viejo culto estalinista por la industria pesada), en este mundo nuestro de todos, tan  posmoderno y postindustrial.

De momento lo tengo que dar por bueno.


Nuestra cerveza mata fascistas

12/10/2010

 

Our beer kills fascists

 

Si alguien viene a verme a Dublín y ese alguien está interesado en lo de salir a tomar pintas, lo más probable es que lo lleve al Porter House de Temple Bar. El sitio me ha gustado desde siempre, un edificio de cuatro plantas con toda su madera, su colección de botellas y sus alambicados tubos de cobre. Además hacen su propia cerveza, dizque natural. La negra es un poco más amarga que la Guiness, pero a mí me gusta más.

Creo que porter era el nombre que tenían los mozos de carga que portaban cosas, y que un tipo de cerveza stout negra que era muy de su gusto tomo el nombre del oficio.

El otro día me he llevado ese pasavasos, en el que pone Our beer kills fascists, (Nuestra cerveza mata fascistas). Creo que es una paráfrasis de la leyenda que Woody Guthrie llevaba en la guitarra: This machine kills fascists (Esta máquina mata fascistas).

Creo que hoy en día poca gente se autodenomina fascista. Por eso debe de ser tan fácil escribir algo así en un posavasos. Si en lugar de decir fascistas dijera socialistas, comunistas, liberales, curas, negros, judíos, empleados de banca, niños, mujeres, franceses, musulmanes, ingleses, fontaneros… sería más complicado. Merece una línea la reflexión sobre la paradoja de que una de las características con las que identificamos al fascismo sea la utilización de la muerte como herramienta de acción política.

En cambio, es curioso el fin que ha tenido el fascismo o la etiqueta de  “fascista”. De las dos grandes ideologías totalitarias de los años treinta, el nombre “fascismo” está completamente desaparecido del mapa, mientras el de “comunismo” se ha travestido en formas de autoritarismo de estado asiatico, movimientos marginales de contracultura en occidente y restos de estalinismo tropical en algún otro sitio. Eso sí, siempre hay quien – como los comunistas españoles – dicen que todo aquello no es el comunismo auténtico, y que el comunismo de verdad es democrático y respetable. Y en tanto en cuanto sean unos cuantos y su sensibilidad digna de respeto, es imposible hacer un posavasos que diga: Nuestra cerveza mata comunistas.

¿y qué fue del fascismo? Bueno, sólo el nombre ha muerto; las ideas supongo que no, sólo que se  también se visten de otra cosa: política de seguridad, políticas contrarias a la inmigración, exaltación del espíritu nacional. Algunas de estas cosas no son necesariamente malas ¿a quién no le gusta el orden y la seguridad? pero sus defensores no pueden llamarlas fascistas ni decir que el fascismo italiano o el de Falange Española son algo diferente del fascismo auténtico (que sería el democrático). El significado primario de fascista en el español que se habla hoy día es el de un insulto, a no ser que se esté hablando de los años treinta o cuarenta, donde podría tener carácter meramente descriptivo.

¿por qué digo todo esto? ¿soy yo fascista? bueno, creo que no, en general mi agenda política está bastante lejos de los temas clásicos del fascismo y en la mayoría de los asuntosicónicos suelo tener la opinión contraria. Creo que soy más  bien partidario de la creación frente a la tradición, del multiculturalismo frente al nacionalismo, de la libertad frente a la seguridad. Es sólo que me gusta aquilatar conceptos y sobre todo que no me gusta que maten a nadie. Aunque es bien sabido que en cantidades suficientes, beber cerveza acaba matando a cualquiera.